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Fonte: Católico.org
 
 
 
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. : Catedral Santo Antônio :.
A missa começa com um beijo

Cuando me preguntan cómo empieza la Misa siempre respondo lo mismo: por un beso, gesto de cariño y confianza que al ordenarme sacerdote se convirtió en un abrazo. Desde pequeño no recuerdo día en que al entrar en casa de mis padres, o al despedirme no les haya dado un beso. No podía ser menos que cuando se reúne la familia de los hijos de Dios se repita la misma seña de amistad.
Jesús es el Hijo, pero los Padres de la Iglesia no tenían reparo en llamarle también padre, porque es padre de la gracia, y nosotros mismo lo decimos tantas veces en el Señor Mío Jesucristo; creador, padre y redentor mío. Así debemos nosotros saludar al comenzar la Eucaristía y al despedirla al que es al mismo tiempo, como canta la liturgia, sacerdote, víctima y altar.
Sin duda los sacramentos, y en especial la Eucaristía son los signos del amor de Dios que Dios quiso dejarnos y sin embargo nosotros muchas veces tenemos miedo de mostrarle a Dios nuestro amor con gestos. Creemos que nos van a considerar unos cursis, que la delicadeza con la Eucaristía es afectación para acabar tratando al Amor de los amores con la frialdad de un carcelero.
Tratamos así a alguien que en el evangelio aparece ante nuestros ojos agradeciendo el perfume precioso con que fue ungido, mirando con amor al joven rico, disfrutando de la amistad de sus apóstoles y de las mujeres que le servían, pero también dolido por la falta de amor de Simón el fariseo. Si alguien ha estado enamorado sabe que lo peor que le pueden decir es: «Te quiero, pero sólo como amigo»
Y es que la fe mueve al sentimiento, a la reverencia y la ternura. Porque el ideal moral del cristiano está unido al buen corazón, dirigido por la caridad, que absorbe todas las energías interiores, limitando e impidiendo otras tendencias. El corazón del cristiano, inflamado como está por otro amor mejor «Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas» (Mt 22, 34.) Nosotros aspiramos a imitar las entrañas de un Dios misericordioso y por eso ofrecemos en la liturgia un contexto digno de tan gran misterio. Por eso «nada será bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de sí mismo que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa.»(Ecclesia de Eucharistía, 48)
Si la fe nos abre al conocimiento de la presencia real del Señor, sólo el corazón nos permite “reconocerle” como los discípulos de Emaús, o María Magdalena, porque los gestos del cuerpo mueven al corazón. Corremos el riesgo de trivializar la Eucaristía, de reducirla a algo ordinario que se puede tratar con desenvoltura y superficialidad. Peligro quizá mayor para un sacerdote, que constituido en custodio del Señor, debe acompañar de reverencia la confianza y familiaridad con Dios. No pierdo la confianza con mi padre por tratarle con respeto y no todo acaba en los gestos del cuerpo.
Jesús no se queda en los gestos corporales, se complace en los sentimientos del corazón, pero nosotros tenemos que expresar esos sentimientos con nuestros gestos, que no pueden ser como el beso de Judas. Aunque no quiera manifestar lo que interiormente fluye entre Dios y el sacerdote, por miedo a que hablar de esa pasión sea estropearla; estoy seguro que Aquel que ha querido mi corazón célibe no lo ha querido seco ni insensible. ¡Alabado sea el Santísimo sacramento del altar!
 


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